Ya no importaba nada, la tarde había llegado. Era el picado de la siesta, el de la plaza, el de la tierra. Un juego
Sabroso, como el que predicaba
Pelusa, que con
El Sello de su zurda marcaba
El Ritmo de cada gambeta. Un pequeño bailarín, que se movía al compás de la pelota,
Con La Música En La Sangre, con
La Konga en la cintura. Y era inevitable,
La Fiesta se armaba casi sin pensarlo, sin saber que
Jean Carlos andaría con su mambo. Atrayendo multitudes, que explotaban en cada jugada, con
La Banda De Carlitos que siempre te alentaba o vibrando de la mano de
La Banda Registrada. En ese cruce de piratas en busca del tesoro, con un
Cuarteto de Oro que no paraba de brillar.
Gary, El Turco Julio, Andrés y
Rodrigo y no pares que yo te sigo, me gritaban por ahí. Condimentando el juego estaba
Walter Romero, bebiendo de un
Toro Quevedo que no podía faltar. Empezando la previa de los viernes, con una
Mona Jiménez que te hacía delirar. No importaba el día, mucho menos si llovía, en el tablón siempre estaba
La Barra que con su fuerza y con su garra cantaba con el corazón. Un corazón cuartetero, fiel de enero a enero y
La Onda incomparable de los que vienen y van, con un
Carlitos Rolán que decía presente. Era el juego perfecto, que te mandaba a volar, como unos
Reyes Del Cuarteto y la alegría popular. Y así me voy despidiendo, pero les voy avisando, esto no queda acá. Podrán encontrarme por ahí con
Ulises y
Toledo luchando con el deseo de volver a disfrutar, de una tarde de pasión o una linda canción, con la vigencia de
Trula o
La Rhumba y su frescura. Esperando por
Nolberto o un simple cuarteto, que te haga comprender la magia de estas palabras y lo hermoso de la pelota. Algo que
El Resto no entiende y desde lejos se nota.